♠ El primer eslabón de la contracultura
Hace cuarenta años, un 21 de octubre, Jack Kerouac murió. No así la gloriosa estela que es el precio proverbial de vivir una vida demasiado de prisa. A la edad de 47, él probablemente falleció demasiado joven, pero no dejó un cadáver muy agradable a la vista. Kerouac se había retraído a la filosófica, si no realmente solitaria, vida de un escritor, y muerto en un hospital después de vomitar sus interiores en un baño de la casa que compartía con su esposa y su madre en Florida, Estados Unidos, paradójicamente la capital del retiro para los jubilados gringos.
Jack Kerouac (Lowell, Massachussets, E.U. 12 de marzo 1922 – San Petersburgo, Florida, E.U. 21 de octubre 1969) es considerado uno de los escritores estadounidenses más importantes del siglo XX, cuya escritura autodenominó como “prosa espontánea”, fuente de inspiración para numerosos músicos incluido el gran Bob Dylan. Rebelde desde su infancia, rechazó los cánones de la formalidad que exigía la sociedad en los años 50’, comenzando con el vicio de la escritura en su adolescencia. Fue de vital importancia su contacto con otros contemporáneos suyos como William S. Burroughs y Allen Ginsberg, quienes tenían una personalidad contrastante con la del tímido y ensimismado Kerouac.
Su primera novela “En el camino” (1957) le atrajo lo mismo alocados fans que detractores acérrimos, ya que mientras unos hablaban de todo un movimiento denominado “Beatnik”, otros como Truman Capote (ver Hebdomadario #43) lo denostaron al grado de llamarlo “simple escribano”. Sus constantes borracheras y viajes con LSD se hicieron más famosos que sus letras, al grado que sus siguientes libros “Los subterráneos” (1958) y “Los vagabundos del dharma” (1958) automáticamente se convirtieron en best-sellers al salir a la venta, algo que a él no le agradaba del todo. No se consideró jamás el mejor escritor del mundo, sino simplemente un tipo ordinario que se fue inmiscuyendo en algunas situaciones extraordinarias, un humanista que revela sus más crudos momentos en su mejor novela “Big sur” (1962).













