Jesús Gallegos tiene un concepto de poesía con el que probablemente no esté familiarizado. En vez de encontrarlo en charlas de café con una libreta de apuntes bebiendo un expreso, le recomiendo mejor acuda a algún bullicioso bar donde estará sentado, cerveza en mano, intercambiando estridentes risas. No lo verá dando un recital en algún solemne foro de las artes; quizá, con suerte, lo tope sin querer al pasar por la calle, o en alguna tarde calurosa en las playas del malecón. Y tal vez jamás lo reconozca, porque “Mosca” (apodo con el cual se le conoce) anda con máscaras estrambóticas y, en vez de declamar sus cantos, parece que está exorcizando demonios.
Su escritura es terrenal, y sin embargo, no deja de tener eso que es propio de la literatura que se vuelve universal. El trabajo de Gallegos es sincero y demuestra que forma parte de una búsqueda sensible que se manifiesta a través de lo que escribe. La poesía debe formar parte del mundo, siendo una experiencia extraordinaria inserta en lo cotidiano. (Alma Cardoso)
Yo no me llamo Saturno
ni Babel
ni Gama
yo no pertenezco a este mundo
ni al otro
ni al que se inventa en cada poema
yo no soy sangre
ni radioactividad
ni puedo comer relámpagos
yo no soy etéreo
ni el vacío
ni el infinito
Yo no moriré
ni me digitalizaré
ni viviré eternamente.

0 vinieron a desaburrirse:
Publicar un comentario en la entrada