Dos mil once. La música ha sido ultrajada y replegada vilmente en el cajón de algún burócrata. Conciertos de música tan barata como las promesas de los políticos en campaña. Jóvenes con los ojos llenos de televisión, con MTV tatuado en los oídos. Orquestas infantiles y juveniles conformadas por los hijos de las familias pudientes. Recitales de orquestas infantiles y juveniles atiborradas de estas familias.
Las propuestas originales hechas en México denigradas por los oídos del sistema. Foros con las puertas cerradas a éstas propuestas. Peor aún: la inexistencia de ambos. Sólo un poco de escaramuza por aquí y por allá, escaramuza mal pagada: foros independientes sin recursos. Algunos músicos, con la fe entre sus cuerdas, probando suerte en otros lares. Algunos otros se quedan a presumir sus instrumentos carísimos, comprados por papá y mamá. Y los que se quedan, y no tienen otro interés sino la música, haciéndose camino con uñas y dientes. Si hay alguien por ahí con tendencias melómanas, se debe poner atención especial en éstos últimos.
Sí, la música era una meretriz, la más fiel. Pero ahora la han convertido en una prostituta barata. Mientras se siga utilizando el mote de “artista” a cantantes de pacotilla con el rostro lleno de maquillaje, el futuro de la música hecha en México será incierto. La música es identidad, y nosotros, día a día la estamos perdiendo. Dejemos de consumir la música nefasta que el sistema nos deja ir con su dedo impúdico. Pero, mientras la música siga cumpliendo su función como tal en la sociedad, hágase caso omiso a éste texto, escrito con tristeza y de puro ardor. (David Márquez)

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